sábado, 31 de enero de 2015

LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAZ


Pedro Conde Sturla

Confieso que la noticia me sorprendió agradablemente, no deja de sorprenderme. La obra de Junot Díaz, “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” (2007), ha sido galardonada con el premio Pulitzer 2008 (el mismo que le negaron a Truman Capote por su colosal novela “A sangre fría”), ha sido traducida a 24 idiomas y ha dado la vuelta al mundo, a una parte del mundo en menos de un año, en poco más de los ochenta días que les tomó a los personajes de Julio Verne y al dilecto Cantinflas en la película memorable en que el glorioso mejicano dejó chiquitos -como dijo Cabrera Infante-, a los grandes actores que lo acompañaban en el mejor momento de su carrera. Se trata de la vuelta al mundo en ochenta Díaz o de la vuelta al Díaz en ochenta mundos, como quería Cortázar.
El episodio me recuerda el caso de Heminguay. Pero Hemingway era ya mundialmente famoso cuando cedió los derechos de “El viejo y el mar” a la infame revista “Life” y vendió cinco millones de ejemplares en varias lenguas en un solo fin de semana, si mal no recuerdo.
García Márquez no tuvo tanto empuje publicitario. Anduvo con algunas de sus obras bajo el brazo durante años en busca de un editor, y el reconocimiento de su valía como escritor fue un proceso más lento. Publicó humildemente “Cien años de soledad” en una editorial americana de América del sur, que es la mayor de las Américas, y sus lectores poco a poco la catapultaron a la fama y luego al boom de la literatura del continente mestizo, junto a las obras del consagrado Carlos Fuentes, junto a Julio Cortazar, Mario Vargas Llosa y otros insurgentes, dejando en manos de las empresas que editaban esas obras un negocio que no sabían, momentáneamente, manejar, porque se les iba de las manos.
Sin embargo, “Cien años de soledad” fue un acontecimiento literario inaudito y casi cosmogónico que dividió al mundo de las letras hispánicas en un antes y un después. “Es la obra más importante escrita en español después de El Quijote”, dijo nuestro gigante Juan Bosch en una cita citable. Un juicio que comparto al cien por ciento.
En términos de lanzamiento editorial, la obra de García Márquez, y ni siquiera la de Vargas Llosa, pueden compararse a la monumental campaña publicitaria con la que ha sido favorecida la inteligentísima, original y muy apreciable novela de Junot Díaz. De hecho, pocas veces se ha producido un fenómeno propagandístico comparable al que ha realizado el conocido monstruo editorial Vintage Anchor Books (división de Random House, Inc.), una operación de tal magnitud que ha permitido lanzar a la gloria, al firmamento de las grandes estrellas de la literatura al casi novato Junot Díaz, y promueve su obra como la primera Coca Cola del desierto, traducida a los más importantes idiomas del planeta.
Todo, en el montaje publicitario de la obra de Junot Díaz es hiperbólico y exagerado, la “exageración convicta” de la que hablaba una vez Mario Benedetti en sus “Letras del continente mestizo”.
Como dice Rosa Montero en “La loca de la casa”, “Ya se sabe que hoy los libros forman parte del mercado y son vendidos con técnicas comerciales tan agresivas como las que emplean los fabricantes de refrescos o de coches. Lo cual tiene sus cosas malas, pero también algunas buenas: por ejemplo, que los libros llegan a más gente; o que, al estar dentro del mercado, están dentro de la vida, porque hoy todo es mercado, y si la literatura permaneciera totalmente al margen quizá se convertiría en una actividad elitista, artificiosa y pedante. Pero las cosas malas que esta situación conlleva son desde luego muy malas”. Se imponen, en definitiva, los intereses mercuriales. Ese es el quid del asunto
Según Rosa Montero “Esto es una consecuencia de la obligatoriedad del éxito comercial, que se ha convertido en un requerimiento casi frenético. Se diría que hoy la única medida del valor de un libro es la cantidad de copias que vende, una apreciación a todas luces absurda, porque hay obras horrendas que se venden a mansalva y libros estupendos que apenas si circulan (lo cual no quiere decir, naturalmente, que los libros buenos sean por definición los que no se venden y los libros malos los que sí: esa es otra mentecatez del mismo calibre que estuvo de moda hace algunos años).”
El valor de la novela de Junot Díaz no lo pongo, sin embargo, en duda, no está en dudas. Es una obra valiosa, valiosísima. Pero una cosa es la publicidad comercial y otra la literatura. Por eso he querido empezar por el principio, separando una de otra antes de aventurarme en “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao”.
 
Junot Díaz
El exordio literario de Junot Díaz, un libro de relatos titulado en español “Negocios” (1996), anunciaba parcialmente su talento de narrador y nada más. El exagerado éxito de crítica y ventas lo atribuyo simplemente a esos mencionados mecanismos de promoción de los “Persuasores ocultos” de los que habla Vance Packard en su famoso libro. Otros cuentos muy superiores ha escrito Junot Díaz desde entonces, con una técnica que anticipaba el estilo, los personajes y recursos con los que construyó el andamiaje de la novela que lo ha consagrado.
“La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” arranca y termina con dos historias paralelas en diferentes planos. Una es la historia que cuenta la novela propiamente dicha, una trágica saga familiar en la que no me parece que Óscar sea el personaje más importante ni el más elaborado. Otra es la historia a pie de páginas, historia patria o mejor contrahistoria, porque el punto de vista de Junot Díaz no se acomoda al enfoque tradicional.
Ambas historias, la tragedia familiar y la tragedia nacional, tienen como telón de fondo una fina red de referencias del “ámbito y penumbra” -como diría Manuel Rueda-, de las tiras cómicas, el cine, la literatura y múltiples referencias culturales y “subculturales” (si acaso existe tal cosa) que aparecen debidamente organizadas en un Glosario en las últimas páginas del libro.
Nada se mueve allí, en la alucinante y no divertida novela de Junot Díaz, al margen de ese inmenso telón de fondo contra el cual o sobre el cual se proyecta toda la narración, al cual todo remite o alude. (Juro que no sé cómo decirlo). Imágenes, metáforas y otras figuras de dicción son las de un autor que se ha curado de todos los lugares comunes de la lengua tradicional y el buen decir e incurre originalmente en lugares comunes provenientes de fuentes inauditas, inauditamente “extraliterarias” en el sentido clásico de la palabra. Hay que imaginarse a Borges leyendo a Díaz, por ejemplo. ¡Qué desastre!
Su lenguaje provocador, agresivo, ofensivo, que a veces parece enfermizo y no deja de serlo, perturba a “las buenas conciencias”, a la crítica mojigata, santurrona, como una vez lo hacía su admirado Henry Miller con sus famosos “Trópicos” que merecieron la censura, el repudio de la moral del imperio norteamericano que mientras tanto arrojaba millares de toneladas de bombas moralizantes sobre la humanidad.
Su magia está en el léxico, en la arquitectura lexical del spanglish de los dominican York (gramaticalmente “bisexual”, incorrecto, deslenguado), que sin embargo se deja traducir decentemente, por lo menos en la cubanísima versión al dominicano de Achi Obejas, si es un nombre ese y no un relajo, como el del novelista Sealtiel Alatristre.
La historia se articula en tres partes y ocho capítulos, más una introducción y una carta final que conducen del pasado al presente y viceversa, y de New York a Baní y Santo Domingo continuamente, y en sus páginas desfilan, en general, seres fracasados o víctimas de la intolerancia racial y política, perdedores de una densa calidad humana como Óscar, la madre, la hermana, los abuelos. La única excepción es Yunior, un narrador no omnisciente, un papi chulo, un tipo exitoso, al menos en asuntos de faldas.
Aunque Junot Díaz dedicó el título de su novela a Oscar Wao, el personaje más acabado, trágico y complejo es la mamá, Hypatía Belicia Cabral, que está buenísima. De hecho, me parece que el personaje Óscar es poca cosa respecto al personaje de la madre. Evidencia irrefutable de que Junot Díaz sabe más de mujeres que de hombres, cosa que habla a su favor.
Ninguno de los capítulos alcanza la grandeza e intensidad de “Los tres desengaños de Belicia Cabral (1955-1962)”, un personaje femenino fuera de serie, en el que Junot Díaz define su ideal de belleza.
Las mejores hembras de la novela pertenecen al género pluscuamperfecto, generalmente de piel cobriza o negra, altas, muy altas, abundantemente teutónicas o sos-pechosas, tetuagenarias, pero además culinarias, culombianas, con un kulovatio enorme, un kulómetro cuadrado por trasero y piernas como columnas de Hércules. Mujeres iguales a las que idealiza mi tocayo amigo, el escritor y poeta peruano Pedro Granados.
Sólo la hermana de Óscar, la hermosa Lola, no es teutónica, es sintética, pero con un fundillo notable, a manera de kulofón:
“Era como dos muchachas en una: un torso flaquísimo casado con un par de caderas de Cadillac y el caminao de un burro borracho.”
***
El traje de palabras que usa Junot Díaz para vestir y darles vida a sus personajes es casi siempre novedoso y excéntrico. Así, al describir a una mujer bonita dice que era “una reina de belleza de proporciones venezolanas”, y en la descripción de la metamorfosis de Belicia Cabral, su conversión de patito feo en cisne encantador, emplea a fondo su sistema de referencias culturales, dando lo mejor de sí:
“E invisible hubiera permanecido si en el verano del segundo año de la secundaria Beli no hubiera ganado la lotería bioquímica, no hubiera experimentado el Verano de sus Características Sexuales Secundarias, no se hubiera transformado por entero (ha nacido una belleza terrible). Si antes Beli había sido una ibis desgarbada, bonita de una manera típica, para cuando terminó el verano estaba hecha un mujerón, con ese cuerpo suyo, esas formas que la harían famosa en Baní. Los genes de sus padres difuntos habían desaparecido en una cabronada estilo Roman Polanski. Como la hermana mayor a la que nunca conoció, Beli se había transformado de la noche a la mañana en un portento menor de edad, y de no haber estado Trujillo en sus erecciones finales, es probable que hubiera enfilado sus ‘cañones’ hacia ella del mismo modo que se decía lo había hecho con su pobre hermana difunta. Que conste, ese verano nuestra muchacha desarrolló un cuerpazo tan enloquecido que solo un pornógrafo o un dibujante de cómics podía haberlo conjurado con tranquilidad de conciencia. Todos los barrios tienen su tetúa, pero Beli las dejaba chiquitas a todas: era la Tetúa Suprema. Sus tetas eran globos tan inverosímiles, tan titánicos, que provocaban en las almas generosas compasión por su portadora y hacían que cada varón en su proximidad reevaluara su triste vida. Tenía los Pechos de Luba (36DDD). ¿Y qué hay del culo supersónico que les sacaba a borbotones las palabras a los tipejos del barrio y arrancaba las ventanas de sus fokin marcos? Ese culo jalaba más que una yunta de bueyes. ¡Dios mío! Incluso este humilde Vigilante, repasando fotos viejas, quedó estupefacto al ver lo mamasota que fue en su época.”
Belicia, con su pesada carga de fracasos, igual que el resto de la familia y del país, es víctima del fucú o fukú del Almirante, la mala suerte, la “iettatura” o yetatura que –como he dicho otras veces- aterroriza no sólo a los ignorantes, sino al pueblo en general, a supersticiosos instruidos, de vasta cultura, entre los que se incluyen destacadas figuras de la intelectualidad dominicana, paladines de la libertad de prensa e incluso comunistas ateos y disociadores que nunca llaman al Gran Almirante por su nombre y si lo escuchan tocan madera como especie de conjuro, repetidamente madera.
Evgueny Evtushenko, el famoso y jovial y curiosísimo poeta ruso con el cual muchos compartimos gratos momentos en memorables conversaciones, bebentinas y comilonas durante su grata, inolvidable estadía en Santo Domingo, creo que fue el primero en elevar a categoría literaria el termino fukú, que lo fascinó desde el primer momento y le inspiró el libro homónimo, un tributo de amor a la nación que lo acogió con extraordinaria simpatía, publicado en 1988 por Bernardo Vega y muchas veces citado por Junot Díaz como fuente nutricia. La narración de “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” inicia precisamente con una versión del fukú, que a veces, en la jerga alucinada y brillante de Junot Díaz se confunde aposta con el fokiú, porque Junot es Junot, un jodotnoso, un fokin narrador de orilla que le saca todo el sentido a las palabras, especialmente a las malas si es que existen:
“Dicen que primero vino de África, en los gritos de los esclavos; que fue la perdición de los taínos, apenas un susurro mientras un mundo se extinguía y otro despuntaba; que fue un demonio que irrumpió en la Creación a través del portal de pesadillas que se abrió en las Antillas. Fukú americanus, mejor conocido como fukú, en términos generales, una maldición o condena de algún tipo; en particular, la Maldición y Condena del Nuevo Mundo. También denominado el fukú del Almirante, porque el Almirante fue su partero principal y una de sus principales víctimas europeas. A pesar de haber ‘descubierto’ el Nuevo Mundo, el Almirante murió desgraciado y sifilítico, oyendo (dique) voces divinas. En Santo Domingo, la Tierra Que Él Más Amó (la que Óscar, al final, llamaría el Ground Zero del Nuevo Mundo), el propio nombre del Almirante ha llegado a ser sinónimo de las dos clases de fukú, pequeño y grande. Pronunciar su nombre en voz alta u oírlo es invitar a que la calamidad caiga sobre la cabeza de uno de los suyos.
”Cualquiera que sea su nombre o procedencia, se cree que fue la llegada de los europeos a La Española lo que desencadenó el fukú en el mundo, y desde ese momento todo se ha vuelto una tremenda cagada. Puede que Santo Domingo sea el Kilómetro Cero del fukú, su puerto de entrada, pero todos somos sus hijos, nos demos cuenta o no.”
Óscar pertenece a una familia de fornicantes de tipo macondiano (el abuelo materno, la madre, la hermana, el novio de la hermana, presumiblemente los tíos), en la cual representa la excepción y no la regla. El infeliz está dotado de fina sensibilidad e inteligencia, pero también de un físico extravagante que lo incapacita para relacionarse socialmente y menos aun sexualmente. Es el típico nerd, enemigo del ejercicio físico y el baile y las fiestas, apasionado por la lectura y juegos de video, y sueña con ser un gran escritor como Tolkien, el Tolkien dominicano. Es un tipo marginal, un solitario, excluido, rechazado y autorrechazado, sufre de fobia social y suele enamorarse perdidamente de muchachas que han tenido un fracaso sentimental, convirtiéndose en paño de lágrimas. Óscar, en su nerdería, es demasiado lineal, demasiado nerd, un estereotipo por excelencia, pero muy bien trabajado literariamente, aunque nunca como la madre, ya lo he dicho. La dimensión trágica de la madre es superlativa. Óscar es más patético que trágico, es un idealista, “busca el amor desesperadamente”, como se anuncia en la contraportada del libro, pero de ninguna manera “quiere perder la virginidad como un típico macho dominicano”. Él no quiere fornicar como la masa de personajes que lo acompañan en su novela. Él es un poco Madame Bovary al revés. Para perder la virginidad y realizarse como macho le bastaría una mujer del género “puttanifero” como decía elegantemente Vittorio Gassman en una de sus famosas películas. Óscar busca el amor para hacer el amor, no fornicar, y lo consigue al final valientemente a cambio de su vida. He aquí lo real maravilloso en esta novela del jodonísimo Junot Díaz. Construir un ambiente sórdido, a veces tenebroso, en el cual se desenvuelve este personaje que conmueve por su inocencia, un tipo casto en el fondo, que preserva su virginidad y sus principios hasta alcanzar su ideal, la meta de sus sueños. No es tan fiero el Junot como lo pintan.
***
Las historias ocultas o disimuladas en “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” se prestan a múltiples lecturas porque es una obra abierta sobre un mundo cerrado, el de los doyo, los dominicanyork del gueto de Washington Heights o del Bronx y otros, que emplean el spanglish como “lengua defensiva” al decir de Miriam Ventura, “lengua de la resistencia” que “los define a ultranza”. Junot es el autor que les da voz, dice Miriam Ventura, y su libro es uno de esos libros que “guardan fechas dentro de los actos de trasgresión de la palabra”, la palabra del amo.
El spanglish que “contamina” el habla y la escritura y hace rabiar a los puristas, es producto irreversible de un proceso de “mestizaje” lingüístico “objetivamente condicionado”, “históricamente determinado”, como decía Marx, muy parecido al que “contaminó” a la lengua de Castilla (una “degeneración” del latín) con miles de palabras árabes.
“El elemento árabe –dice Eric Santoni en su libro “El Islam”- es, después del latino, el más importante del vocabulario español. Un hecho de esta naturaleza demuestra con creces hasta qué punto el árabe es esencial en nuestra cultura. Esos marroquíes que tan altas ‘tarifas’ pagan por cruzar la ‘aduana’ de ‘Algeciras’, y atraviesan ‘aldeas’ o ‘alquerías’ de ‘La Mancha’ entre ‘jaras’, ‘retamas’, ‘espliego’ y ‘mejorana’ antes de llegar a ‘arrabales’ donde encontrar una ‘alcoba’ con ‘tabiques’ revestidos, tal vez, de ‘azulejos’, donde comer ‘albóndigas’, ‘alcachofas’, ‘aceitunas’, ‘alubias’, y desde allí marchar a trabajar a una ‘tahona’, un ‘almacén’, o a vender ‘alfombras’ por las ‘aceras’ o a emplearse como ‘albañiles’, con los papeles en regla otorgados por un ‘alguacil’, con el permiso del ‘alcalde’, y que con ‘fulano’ o ‘mengano’ armarán buen ‘alborozo’ cuando en una ‘azotea’ se cuente alguna ‘hazaña’ celebrándola con ‘arrope’, ‘alfeñiques’ o ‘albaricoques’ en ‘almíbar’, quizá entre el perfume de ‘alhelíes’, ‘azahares’ o ‘azucenas’, y aún con tiempo para jugar al ‘ajedrez’ o tocar el ‘laúd’ antes de que el cielo ‘azul’ o ‘añil’ se ‘acicale’ de estrellas como ‘Aldebarán’, ‘Algol’, ‘Vega’..., pues bien, esos árabes vuelven donde señorearon sus mayores, aunque algunos ‘mezquinos’ los tachen de ‘gandules’.
En esa lengua contaminada escribió Cervantes su libro sobre nuestro señor Don Quijote, y en el despreciado “vulgar” italiano Dante escribió “La comedia”, aquella que la posteridad llamó divina.
No tengo la menor duda de que en spanglish (“fusión morfosintáctica y semántica del español con el inglés”, según Wilkipedia), se pueden escribir obras maestras, si no se han escrito ya, y oponerse a su uso es tan insensato como inútil. El spanglish es un producto cultural y la cultura no es estática, vive a merced de la historia, “objetivamente condicionado”, en un interminable proceso de renovación y cambio y no surge de la voluntad o decisión individual, sino de la interacción de comunidades y pueblos con su medio. Los héroes no hacen la historia –decía Mao Tze Tung-, la historia hace a los héroes. Junot no inventa el splanglish, el spanglish lo inventa a él de alguna manera. Fue el idioma que “pobló su vida”, como pobló el inglés culto la de Borges, mutatis mutando (“cambiando lo que haya que cambiar”) y guardando desde luego las distancias, que son muchas.
El universo podrido, la sociedad podrida, la vida miserable en un país bajo las tiranías de Trujillo y Balaguer o en un gueto de Nueva York, el racismo, el intervencionismo yanki, todo lo que relata Junot Díaz en su novela (y que a muchos produce repulsión o agobio) es el fruto de experiencias de segunda y primera mano que también poblaron su vida. Él las recrea con crudeza y en parte las padeció, pero no es el responsable, él las denuncia. Picasso no es el autor de “Los horrores de Guernica”, él los pintó. Contra esa realidad que condena la novela de Junot Díaz combatieron algunos de los que denigran la novela.
“La breve y maravillosa vida de Óscar Wao” es una obra trágica salpicada de humor negro. Descalificarla por la crudeza de su lenguaje o celebrarla por divertida me parece un equívoco.
Yo –confieso cínicamente- he dedicado parte de mi vida a la docencia y parte a la indecencia, y nada de lo que escriba Junot Díaz me escandaliza o sorprende porque creo en el ejercicio libertario de la palabra, en la lucha contra el orden simbólico del poder a través de la palabra que reconstruye otro orden, como hace Junot Díaz.
Creo firmemente que, como dijo un escritor norteamericano, la irreverencia, la herejía, el mal decir, el pensar diferente es siempre un ejercicio de la libertad, “el vuelo del libre albedrío”.

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Pedro Conde
La historia que se narra en las muchas notas a pie de páginas de “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao”, no tiene nada de oculta o disimulada. Es una historia política, un ensayo de interpretación de ciertos hechos que todavía hoy son objeto de manipulación en textos canónicos escolares que evaden establecer complicidades y llamar las cosas por sus nombres:
“1) Para aquellos a quienes les faltan los dos segundos obligatorios de historia dominicana: Trujillo, uno de los dictadores más infames del siglo XX, gobernó la República Dominicana entre 1930 y 1961 con una brutalidad despiadada e implacable. Mulato con ojos de cerdo, sádico, corpulento; se blanqueaba la piel, llevaba zapatos de plataforma y le encantaban los sombreros al estilo de Napoleón. Trujillo (conocido también como EI Jefe, EI Ladrón de Ganado Fracasado y Fuckface) llegó a controlar casi todos los aspectos de la política, la vida cultural, social y económica de la RD mediante una mezcla potente (y muy conocida) de violencia, intimidación, masacre, violación, asimilación y terror. Así llegó a disponer del país como si fuera una colonia y él su amo. A primera vista, parecía el prototipo del caudillo latinoamericano, pero sus poderes eran tan fatales que pocos historiadores o escritores los han percibido, y me atrevo a decir que ni siquiera los han imaginado. Era nuestro Sauron, nuestro Arawn, nuestro propio Darkseid, nuestro Dictador para Siempre, un personaje tan extraño, tan estrafalario, tan perverso, tan terrible que ni siquiera un escritor de ciencia ficción habría podido inventarlo. Famoso por haber cambiado TODOS LOS NOMBRES A TODOS LOS SITIOS HISTÓRICOS de la República Dominicana para honrarse a sí mismo (el Pico Duarte se convirtió en Pico Trujillo, y Santo Domingo de Guzmán, la primera y más antigua ciudad del Nuevo Mundo, se convirtió en Ciudad Trujillo); por monopolizar con descaro todo el patrimonio nacional (convirtiéndose de repente en uno de los hombres más ricos del planeta); por armar uno de los mayores ejércitos del hemisferio (por amor de Dios, el tipo tenía bombarderos); por tirarse a cada mujer atractiva que le diera la gana, incluso las esposas de sus subalternos, millares y millares y millares de mujeres; por tener la expectativa, ¡no, por insistir!, en la veneración absoluta de su pueblo (imaginen, la consigna nacional era ‘Dios y Trujillo’); por dirigir el país como si fuera un campo de entrenamiento de la Marina norteamericana; por quitar a amigos y aliados de sus puestos y arrebatarles las propiedades sin razón alguna, y por sus capacidades casi sobrenaturales.
”Entre sus logros personales se cuentan: el genocidio de los haitianos y comunidad haitiano-dominicana en 1937; mantener una de Las dictaduras más largas y dañinas del hemisferio Occidental con el apoyo de los Estados Unidos (y si hay algo en que los latinos somos expertos es en tolerar dictadores respaldados por los Estados unidos, así que no hay duda de que ésta fue una victoria ganada con el sudor de la frente, y de la que los chilenos y Los argentinos todavía se lamentan); la creación de la primera cleptocracia moderna (Trujillo fue Mobutu antes de que Mobutu fuera Mobuto); el soborno sistemático de senadores estadounidenses, Y no menos importante, la forja del pueblo dominicano en una nación moderna (logró lo que no pudieron hacer los entrenadores de las fuerzas militares durante la ocupación).”
A su santidad Joaquín Balaguer, una figura que sido objeto de endiosamiento y elevada a categoría de “Padre de la democracia dominicana” con la complicidad de todos los políticos corruptos que han pasado por el gobierno, Junot Díaz lo retrata con palabras tan certeras como venenosas. La figura del abuelito dulce y cariñoso que la iconografía oficial suele mostrar, emerge en toda su tenebrosa podredumbre como un ser inmoral, sediento de sangre y de poder, el verdadero y único Joaquín Amparo Balaguer Ricardo (alias Elito o D’Elito):
“10) Aunque no sea esencial para nuestro relato en sí, Balaguer es esencial en la historia dominicana, por lo que debemos mencionarlo, aunque preferiría cagarme en él. Los viejos sabios dicen: Todo lo que se menciona por primera vez llama a un demonio, y cuando los dominicanos del siglo XX pronunciaron en masa por primera vez la palabra libertad, el demonio que conjuraron fue Balaguer (También es conocido como El Ladrón de Elecciones -véanse las de 1966- y como EI Homúnculo) En los días del trujillato, Balaguer era nada menos que uno de los subalternos más eficientes de EI Jefe. Mucho se decía de su inteligencia (sin duda impresionó al Ladrón de Ganado Fracasado) y de su ascetismo (cuando violaba a las niñas, se lo guardaba). Después de la muerte de Trujillo asumiría el control del Proyecto Domo y gobernaría el país de 1960 a 1962, de nuevo de 1966 a 1978, y otra vez de 1986 a 1996 (para esa época ya estaba ciego como un murciélago, una verdadera momia viviente). Durante su segundo mandato, conocido entre los locales como los Doce Años, desencadenó una oleada de violencia contra la izquierda dominicana, enviando a escuadrones de la muerte a eliminar a cientos de personas y así alentó a millares a irse del país. Fue él quien supervisó/inició lo que llamamos la Diáspora. Considerado nuestro ‘genio nacional’, Joaquín Balaguer era un negrófobo, un apologista del genocidio, un ladrón electoral y un asesino de la gente que escribía mejor que él; es notorio que ordenó la muerte del periodista Orlando Martínez. Con posterioridad, cuando escribió sus memorias, dijo que sabía quien había cometido el criminal hecho (por supuesto, no él) y dejó una página en blanco en el texto para completarla a su muerte con la verdad. (¿Cabe decir impunidad?) Balaguer murió en 2002. La página sigue en blanco. Apareció como un personaje compasivo en ‘La fiesta del chivo’ de Vargas Llosa.”
Otra cita digna de mención es la número 11, una cita estrambótica en la que relata con su peculiar desenfado e irreverencia el triste destino de Galíndez, el célebre antitrujillista vasco, a cuya tesis dedica un comentario que no califica como humor negro porque es sencillamente funerario, cómicamente macabro:
“11) Para abreviar la historia: cuando EI Jefe se enteró de la tesis, primero intentó primero intentó comprarlo, como falló, envió a su Nazgul principal (el sepulcral Felix Bernardino) a Nueva York y, en cuestión de días, Galíndez se vio amordazado, empaquetado y arrastrado a la Capital. Cuenta la leyenda que, cuando despertó de su siesta de cloroformo se encontró desnudo, colgando de los pies sobre una caldera de aceite hirviente, el Jefe parado al lado con un ejemplar de la tesis ofensiva. (¡Y ustedes que pensaban que la defensa de su tesis fue difícil!)”
En estas notas a pie de página, que no son marginales sino parte integral de la obra (la otra historia en el mismo lienzo), el autor parecería juntar toda su rabia para pasar revista y condenar a la larga fila de cabrones, ladrones y asesinos de la peor especie que en nuestra historia se han salido impunemente con la suya. Es un texto definidamente político y castigador, un duro testimonio, un acto de infinito repudio a los detentadores del poder, a ese poder que ha denunciado valientemente “desde las entrañas del monstruo”, como decía José Martí, a ese poder que otros no se han atrevido a denunciar. Junot Díaz habla duro contra el poder y habla en contra de una forma específica del poder que es el poder de la exclusión que muchos en el Imperio padecen en carne propia. El mismo que denunció en un acto público con una frase en la que brilla toda su inteligencia:
“Mi presencia aquí, o el éxito alcanzado habla igual de la ausencia de los escritores negros y latinos en la literatura norteamericana”.
Para terminar esta aventura en el mundo casi mitológico de Junot Díaz (y en relación a ciertas críticas que se me han hecho), me creo en el deber de recordar que, como he dicho otras veces sólo escribo por envidia, soy envidioso, irremediablemente envidioso, envidio el talento y lo celebro en la obra de Junot Díaz porque me parece envidiable, envidiabilísima. He tratado, en estas entregas, de acercarme a sus posibles sentidos siguiendo aquella técnica de la “navegación del vuelo a vela”, de la cual hablaba Vargas Llosa hace muchos años, técnica del acercamiento y alejamiento que nunca agota los sentidos de la obra, los recrea. Son opiniones más o menos organizadas en torno a un tema, simples opiniones. Los juicios infalibles se los dejo al Papa, a la teoría del ritmo que baila Diógenes Céspedes y al pontífice Miguel D. Mena que es ciertamente infalible.


pcs, viernes, 02 de enero de 2009 — 

domingo, 6 de octubre de 2013

Botella en el mar 51, 52 y 53 Por Pedro Conde Sturla






En el pase de lista de aquel segundo teórico de la Escuela Normal de Varones Presidente Trujillo, los números 51, 52 y 53 correspondían a Federico Jovine Bermúdez, al autor de estas notas y a Miguel Guerrero, el mismo que escribe en las páginas de opinión de El Caribe –a la izquierda– todos los días y fiestas de guardar. El orden numérico era tan estricto que a cada alumno se le asignaba un pupitre en base al mismo, empezando por la primera hilera, y muchos de nosotros no nos conocíamos y no nos conocimos nunca más que por el número, algo tan impersonal como el uniforme de caqui sin el cual no podíamos ni siquiera asomarnos a la puerta de entrada.
Los apellidos de las maestras más conocidas, o mejor dicho la forma en que se pronunciaban, tenían una cierta resonancia marcial por el respeto que inspiraban: la Chupani, la Ramón, La Ubiera, la Cardona (la Amada Ligia Melo). El maestro más popular, una especie de muchacho grande, era Modesto Medrano Monción, el célebre Guayabita, un memoriógrafo que conocía al dedillo casi todos los poemas clásicos de la literatura dominicana y pretendía obligarnos a aprenderlos. A muchos de nosotros nos inició en el amor por las letras.
La disciplina del plantel, severa por necesidad, estaba a cabo de los hermanos Negro y Virgilio Travieso, dos personajes que sabían ejercer su autoridad sin abusar ni hacerse odiar. Algunas de las ocurrencias de Virgilio hacían honor al apellido, como cuando expulsaba a un estudiante revoltoso, diciéndole, “toma mis iniciales por tres días” (VT).
Miguel Guerrero, el 53, era un antitrujillista furibundo, imprudente, y creo que ya había tenido una experiencia carcelaria a pesar de su corta edad. En realidad Miguel es alérgico al poder. Le renunció a Balaguer, al CORDE, y le renunció a Leonel en su primer período.
Federico Jovine –un muchacho delgado y sin barba en esa época- era igualmente desafecto al régimen y también imprudente.
Paradójicamente, en el curso había un par de estudiantes de apellido Trujillo, pero eran inofensivos, incluso víctimas. Eran hijos de Aníbal, el hermano que el Generalísimo había hecho asesinar.
La Chupani, que era maestra de gramática, también era maestra de trujillismo y nos hacía leer en clase las obras de Doña María Martínez de Chapita, “Meditaciones morales” y “Falsa amistad”. Las obras las había escrito por encargo un exiliado español, Almoina, que al parecer quiso identificarse en el segundo título. Todos sabíamos que de alguna manera “Falsa amistad” quería decir “Fue Almoina”.
En una memorable ocasión, la Chupani nos puso de tarea una composición sobre María Martínez en la que Federico se aplicó, en mala hora, poniendo a prueba todo su talento. Leída correctamente, la composición era un himno de alabanza a la Primera Dama, pero si se saltaban ciertos signos de puntuación, cambiaba completamente el sentido y se convertía en diatriba. Cuando la Chupani escuchó a Federico leyendo el texto con aquel vozarrón de hombre que tenía desde niño, empezó a palidecer y le ordenó callar y sentarse.
El suceso dio mucho que hablar, por debajo, y hubo comentarios y señalamientos porque nadie dudaba que el 52 y el 53 eran cómplices del 51, y en algún momento temimos que los informes llegaran a oídos del director, Mena Valerio, quien era un trujillista celoso y peligroso. Pero los rumores aminoraron porque el engendro de Federico era impecable desde el punto de vista de la ortodoxia gramatical y la Chupani se hizo la tonta y mantuvo la discreción y, afortunadamente, las cosas no pasaron de ahí.
Durante una semana no sufrimos de estreñimiento.


Nota: Publicado en El Caribe y en la difunta Clave digital.

sábado, 16 de marzo de 2013

Enrique Jardiel Poncela: Un marido sin vocación


Fui un lector apasionado de sus libros cuando estuvieron de moda, muy de moda en el mundo hispánico, y se vendían en todas las librerías

Por Pedro Conde Sturla

Enrique Jardiel Poncela

[Hoy se lee muy poco y se conoce menos a Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), el terrible escritor y dramaturgo madrileño que cultivó como pocos un humor negro y absurdo, con el que castigó sin piedad la hipocresía de la sociedad de su época. Fui un lector apasionado de sus libros cuando estuvieron de moda, muy de moda en el mundo hispánico, y se vendían en todas las librerías (en ediciones argentinas como el Papa).

Recuerdo, con una sonrisa de lector agradecido, sobre todo sus famosas y a la vez deliciosas novelas: “Amor se escribe sin hache”(1928), “Espérame en Siberia, vida mía” (1929), “Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?” (1931), “La tournée de Dios” (1932).

Las extravagancias y genialidades del humor de Jardiel Poncela iban todas dirigidas -ya se dijo- contra la hipocresía, contra las “buenas conciencias”, contra “los espíritus sensibles o sensibleros, y esto le granjeó problemas con la censura y el odio de gran parte de la crítica, tanto más que el dardo de su verbo era de una acidez corrosiva.

El siguiente juicio -tomado de Wikipedia-, resume con mucho tino lo esencial del arte y la visión de la vida de Enrique Jardiel Poncela (quien por cierto murió pobre y de cáncer a los cincuenta años): “La originalidad de Jardiel no reside tanto en la selección de los temas como en la creación de situaciones grotescas, ridículas o increíbles, lo cual consigue por medio de ironías, diálogos vivaces, equívocos, sorpresas o contrastes de estilos y registros, mezclando a menudo lo sublime y lo vulgar.

Su novedad se caracteriza básicamente por: el encadenamiento de situaciones inverosímiles, lindantes con el teatro del absurdo. La utilización medida y rigurosa de la comicidad en el lenguaje, sin abusar del chiste fácil.

El dominio absoluto de la construcción dramática, el cual le permite dosificar los efectos de sorpresa y alternar sabiamente los momentos de intriga con los de puro humor.

La inclusión de tramas de tipo novelesco o detectivesco, en forma de pastiche literario.

El cultivo de un humorismo de raíz intelectual, ingeniosa, aguda y mordaz, con tintes que lo acercan al aforismo.

En cualquier caso, siempre bajo el truco, el disparate o la situación más absurda, esconde una dura y amarga crítica a la sociedad, reflejo de su desencantada visión de la realidad.” (es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Jardiel_Poncela).
En sus innovadoras y atrevidas obras de teatro (teatro del absurdo), en sus cuentos y máximas alcanzó muchas veces la maestría e incluso se atrevió a escribir un cuento sin la letra “a” y otro sin la letra “e”, titulado “Un marido sin vocación”, el mismo que aquí se publica.
Para muestra basta un botón y este botón demuestra casi todo lo que se ha venido afirmando hasta aquí. Brilla Jardiel Poncela al recrear una situación absurda dentro de una narración absurda que no disimula, por cierto, su misoginia ni el virtuosismo minimalista con el que construye un drama de locura casi como quien dice de la nada. PCS].

Un marido sin vocación


(Narración escrita sin utilizar la letra “e”). Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un matrimonio?
-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con una muchacha?
-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo ignoro.
-¿Cómo?
-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla...
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal...
Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.
Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí...
Al contrario: allí daba principio.

Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado...
Y corroboró rabioso:
-¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada...
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.
Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.
-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.
-¿Cuál?
-La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha!-susurró Ramón.
Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
***
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
***
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.
***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia... (Enrique Javier Poncela,“Un marido sin vocación”, “Ventanilla de cuentos corrientes”, Madrid, 1930).









sábado, 9 de febrero de 2013

Gómez Doorly



En su despacho del Palacio de la Esquizofrenia -Cafetería Restaurante El Conde por más señas- Gómez Doorly lee y subraya periódicos. Pide un café, otro café. Vuelve a leer y subrayar periódicos, todos los periódicos (infinitamente periódicos, diría Borges). Con caligrafía perfecta escribe comentarios y poemas al margen, lee y subraya periódicos, recorta, ordena, clasifica, rectifica. Pide un café. Más café, por favor, infinitamente café. 

El hombre mejor informado de La Ciudad Colonial no compra periódicos: está suscrito al basurero de un edificio de apartamentos, donde tiene apalabreado a un conserje, en un barrio pudiente. Allí los botan sin leer, apenas hojeados, a veces precintados y vírgenes. 


Con este material bajo el brazo, Gómez Doorly asiste puntualmente a su despacho del Palacio de la Esquizofrenia. Un aire ministerial lo distingue: el aire y el porte ministeriales, la cabeza en alto ministerio, el gesto de tipo ministerial, la formalidad de un ministro, la mirada eventualmente ministeriosa, el rostro siempre alegre. Pide un café, otro café -otro café para la mesa 22-, y empieza el arduo proceso de selección. Minuciosamente hojea cada periódico, todos los periódicos, minuciosamente periódicos. 

A partir de los recortes de periódicos anotados y subrayados, Gómez Doorly construye la revista Cacibajagua, edición clandestina, con más de 300 números publicados. Cacibajagua es su creación original. Para eso vive. Un café, por favor, más café, infinitamente café. 

Ministro, pues, sin sueldo y sin cartera, al servicio de su propia empresa de ideales románticos, Gómez Doorly administra cuantiosos recursos oníricos. Entre la vigilia y el sueño, dirige la Fundación Cultural Cacibajagua, un emporio en miniatura del cual depende la revista homónima, o viceversa. Al frente de la fundación, Gómez Doorly se involucra en múltiples actividades. Organiza encuentros artísticos y literarios, emite boletines de información, promueve espacios culturales y participa en peñas y tertulias en las que se debaten con carácter de seriedad los más espinosos temas. 

El tema de hoy, por ejemplo, versaba sobre un artículo de Enriquillo Lengüemime, poeta tangencial de la lengua, en el que éste demuestra con pelos y señales su valor mandinga. 

Con singular destreza, Gómez Doorly se maneja en el área de las relaciones públicas y en el terreno diplomático. De esta suerte, en su despacho y sala de redacción del Palacio de la Esquizofrenia, el hombre concede entrevistas, ofrece asesoría gratuita, firma autógrafos, firma convenios, aunque no firma nunca un cheque, y asimismo recibe y agasaja a visitantes distinguidos,  distrayendo, apenas, su atención del asunto de los periódicos, que ocupa su más valioso tiempo.

Llega, por ejemplo, el maestro Villegas sin anunciarse y sin cita previa y lo recibe en la silla correspondiente a su alto linaje poético, donde le brinda un trato magnánimo, que es lo único que brinda, y vuelve a leer y subrayar periódicos. Llega Rafael Abréu Mejía y discuten sobre un proyecto editorial, y vuelve a los periódicos. Llega Díaz Carela y entablan una conversación soterrada, y vuelve, otra vez, a los periódicos. Llega Carlos Lebrón Saviñón y poetizan, declaman, producen rumores que tienen que ver con la poesía, y vuelve, nueva vez, a la tarea de leer y subrayar periódicos. Pasa, en fin, por coincidencia, Mariano Lebrón Saviñón y lo distingue con un saludo respetuoso. Abréu, por favor, otro café. Y vuelve Gómez Doorly a los periódicos. 

Pero si de repente Gómez Doorly se enfrasca en la escritura de un texto, en un poema, y baja la cabeza y baja la mirada y baja la guardia y se encierra como quien dice metafóricamente en su despacho, entonces ya no está para nadie, no recibe. El ministro no está en este momento, no responde al teléfono ni atiende reclamos. Simplemente no está aunque siga estando. Está fuera de la ciudad. El lunes vuelve. El celular fuera de servicio, la limosina en el taller. Llámelo más tarde, diría la secretaria. Simplemente no está. Café no, por ahora, ni siquiera café.

Sólo cuando el ministro se recupera del trance y vuelve a la realidad, el despacho cobra vida de nuevo y queda abierto al público. Gómez Doorly gira la cabeza como quien se pregunta qué ha sido del mundo mientras tanto y fija la mirada en la taza vacía de café. Pide un café, la cuenta del café, ordena sus enseres en la valija diplomática. Después se levanta, el ministro, se despide de sus colaboradores, sale al Conde, mira el reloj, el chofer, como siempre, retrasado. Se irá en taxi esta vez, mejor a pie. 

Cualquier parroquiano puede ocupar la mesa en este momento, y la ocupa, pero el despacho de Gómez Doorly está cerrado, definitivamente cerrado. La mesa ahora es sólo mesa, hasta que el huésped habitual -huésped vital- vuelva mañana. Imprima en ella su magia. (De Los cuentos negros,14/7/99). 

Nota: Este relato, escrito en elogio de Carlos Gómez Doorly hace ya un año, fue leído y comentado en presencia suya y la de varios contertulios en su despacho del Palacio de la Esquizofrenia, la popular Cafetería Restaurante El Conde, bautizada quizás de esa manera por alguien que sabía de esquizofrenia. Demorada su publicación por motivos que no vienen al caso (o quizás, simplemente, porque así lo tramaba el destino), el texto pretendía inaugurar una columna sobre personajes y situaciones conspicuos del Palacio del cual, por cierto, soy visitador asiduo, muy asiduo. 

A mi regreso de un viaje,  me entero que Gómez Doorly ha sido apuñalado, cosido a puñaladas, veintiséis puñaladas, a manos de un hijo demente. Tragedia por partida doble, si acaso la tragedia, no lo es siempre. 

Del hecho atroz, apenas me compensa y me redime, como he dicho, el haber dado a conocer el  texto a su destinatario en circunstancias felices, aparentemente felices, y en compañía de amigos para él  tan queridos como Víctor Villegas y el dilecto cofrade Manuel Santiago Muñiba, editor de revistas literarias de provincia. (En esa ocasión, recuerdo que, puntilloso, el poeta reparó en el exceso de café. Pareció convencido, sin embargo, cuando le hablé de la necesidad de dramatizar al personaje). 

En fin, que el elogio en vida es el elogio póstumo. El texto alegre,  de intención festiva, se cubre de pompas fúnebres. Ahora sí, el despacho de Carlos Gómez Doorly en el Palacio de La Esquizofrenia está cerrado, definitivamente cerrado.


 
 
ANACAONA ONÍRICA
por Carlos Gómez Doorly
Santo Domingo 1978-1994
 
Fluyes lentamente
alta muy alta
desde el fondo de Xarama
(agua de mar en tierra de sueño)
rozas tu piel tejida por hadas
con mi cadáver vivo
y exiges con voz de ángel
¡Quiero mi esposo!
Quiero mi esposo!
Anacaona es tu dulce presencia
sofocante-perenne
desde el día
en que ví tu rostro
tu hermoso rostro de siglos
penetro por tus cuencas
(verde luz tenue del rocío)
como gloriosos luceros manantiales
a los espacios infinitos
fuera del tiempo
allá donde nunca existió
el llanto hermoso
Llanto de los días
(flor de oro)
en el orto purísimo
donde se bañan los lamentos
de tu Canoabo-cacique
con tus suaves manos ondinas.
es que somos los amantes
sin fin
es que los verdaderos hijos
son eternos en su realidad
paradisíaca-isleña
La isla madre bendita
(la de la cruz bíblica)
como tortuga milenaria
amorosa nos arrulla
de nuevo
Los silfos entonan
el canto perpetuo
de Boinayel
sentado en la lluvia
Es que allá en el allá
Estamos asentados en el gran Libro
como los esposos-amantes claves
la cifra exacta
del uno y del otro
redención soñada
de la raza
que duras Anacaona mía
las noches tristes y solitarias
del trópico aromático
sin tu presencia sutil
Despierto sobresaltado
En nuestra cópulas fantasmales
Parte de un extraño
Código-plan
Del mismo Sol Mayor
Tu cuerpo eternamente puro
(como altar de mártir taína)
En los amaneceres marineros
Flotando en vida o muerte
como una imposición
como necesidad lacerante
Tus labios etéreos
con temblor de besos presentidos
con tu sonrisa mágica
en ramificaciones vegetales
En todo Caribe
no se ven más rostros
en presencia de tu rostro
aun cuando no se mire
pues sigues siendo mi reina
la escogida en los astros
Tu voz
voz de ángel sin palabras
marcan por dentro
de mí y de ti
Delirio mis carnes de lodo
Sin poder tocar otras carnes
Antes de entrar definitivamente
al río subterráneo
de tus carnes estuario
en arenas doradas
más oro dentro de la historia
tratando de apartar inútilmente
tu cuerpo en oro puro
de mi pobre cuerpo
de llantos
¡Anacaona vestal de mi alma!
Oración humana de las islas
Piedra de altar trigonolita
de todo el sufrimiento aborigen
del mar puro sin hollar
del fuego y de la luz tropical
de los amores y fundadores
Llevo tu horca en mi piel
en la conciencia y en el reposo
en las auroras dormidas
en los crepúsculos despiertos
Es el momento justo
de  los naturales irredentos
en su lar exacto
en cinco tiempos
y más tiempos
Bajarán seguros y para siempre
Horus y Shotis indígenas
(como noche y día antillanos)
Por la hermosa reina
Salida de los espacios
¡Ay Anacaona mía
sin tiempo posible!
En el vuelo onírico
ésta meditación y lamento
es para después
del último augu cataclísmico
Eres mujer-reina
del tamaño de la historia
tu sacrificio-crimen arde aún
en tu bello cuerpo
enfermo de luz
con su vaivén infinito
areito de bambú sagrado
Tus caderas son las olas
todas las horas de mi desdicha
Todas las soledades taínas
y mi soledad
son el gran todo soledad
Turey isleño
Mas me miro en tu inocencia
para lavar mi angustia
remota antes de la llegada
de los auténticos salvajes
del otro lado del mar infinito
Pero en las noches cálidas
del eterno estío
los demonios me tientan
me reclaman
en tu larga espera
 Noches y más noches
con la fe flaca
con la epidermis delicada
pretendiendo cambiar
el tétrico soplido
del viento en la almendra
por tus senos vitales
Onirismo vegetal
Son las plantas nuestras que me hablan de ti
me arropan los duendes
con tu larga cabellera de oro
curtida por el eterno
Probé trasmutar otras carnes
en la soledad acompañada
pero espantadas huyeron
de su propia corroña
Mas en perfecta soledad
trasmuto como obseso
en astral con tu imagen
de ciguapa bendita
Todavía  escucho
En las noches claras
con mi lambí al oído
los trabucos de la muerte
la rabiosa santa
del cacique en el mar
los caballos con su baba maldita
Mas esta isla-continente
madre doble
de todas las conquistas
lavará por siempre las afrentas
con sus nuevos areitos
del Señor
Atabex-Anacaona-Mamona
(mi dulce reina onirica)
estás en el eje preciso
de la última conquista
de amor en nuevas caléndulas
de los astros de fuego
Nuestro parnaso celeste
te cubre entero
con los bellos rostros poetas
de Guridi-Salomé-José Joaquín
Fabio Fiallo-Andrés Avelino
Inchastegui-Manuel Valerio- Oscar
Franklin Mieses- Moreno Jimenes-
Juan Sánchez Lamouth- Spencer
Domínguez Charro-Lacay Polanco
Américo Henríquez-Lunu Vásquez-
Luís Alfredo-Manuel Llanes-
Tomás  (Yelida) allá ay acá
en “Clima de Eternidad”
Estamos preparados y viriles
en el conjuro eterno
en una sola voz
en la coronación sublime
de tu ser
en los tiempos bíblicos proféticos
de mi Ser
es el vuelo onírico rasante
es nuevo aroma y canto
de espuma y sal
en el areito escrito por dentro
del Señor.
Carlos Gómez Doorly